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Cuando en estas siempre feroces y a veces tan tristes Pampas un conflicto más o menos absurdo entre socios de la riqueza agropecuaria soliviantaba los ánimos y amenazaba con dejarnos sin el consagrado bife en el plato entre otras bastante más espantosas sombras, en el universo paralelo más extraordinario y audaz que ha logrado concebir el hombre ocurría uno de los acontecimientos culturales más trascendentales para ambos mundos, el virtual y el real: la enciclopedia online Wikipedia pasaba el número de los 10 millones de artículos en sus 250 idiomas.
A los 7 segundos de alumbrado el jueves 27 de marzo, un usuario que se hace llamar o se llama Pataki Márta subió en húngaro un artículo que da cuenta de Nicholas Hilliard, orfebre y pintor inglés del siglo XVI. El artículo ya integra los cerca de 350.000 que suma la versión española de la enciclopedia y cuenta la vida de este miniaturista de la época isabelina -cuyas obras no sobrepasaban los 25 centímetros de alto- que dejó hábiles y delicados retratos de Isabel I y de Jacobo I. También analiza esas imágenes y nos muestra una docena de ellas.
Wikipedia se caracteriza porque son los propios usuarios los que la escriben, corrigen y enmiendan y se mantiene en la web merced con unos pocos empleados y miles y miles de colaboradores gratuitos y anónimos de todo el mundo que hacen sus aportes por la sola satisfacción de notar cómo se ensancha el conocimiento y se lo coloca a alcance de millones y millones. Los responsables de la enciclopedia les exigen que la información que proporcionen sea veraz y neutral. Para acceder a ella -es gratuita- el equipo imprescindible es escueto aunque para tantos, arduo: una conexión con internet y un grado de alfabetización, lo que no resulta demasiado fácil para muchos, también en la Argentina.
La enciclopedia infinita -que copia un célebre sueño borgeano- se creó en el 2001 y progresa hoy a razón de tres nuevos artículos cada sesenta segundos. Conforma así una especie de Aleph que aglutina el saber humano.
Si hay un ejemplo de la democratización del saber es esta suma del conocimiento que nos brinda la extensión sin límites de internet, donde todo cabe y todo se puede agregar porque su espacio es sideral pero a la vez cabe en la pantalla de una computadora.
Pero mientras este milagro intelectual ocurría por aquí andábamos muy atareados en otras cosas, por demás trascendentales y bien del siglo XXI: que si las penas son de nosotros y las sojitas son... yuyos; que si no valdrá la pena monitorear y vigilar bien de cerca -¿y castigar?- a la prensa independiente; que si la razón -¿o la fuerza?- la tienen finalmente los unitarios o los federales.
Es decir, cuando la maravilla sucedía en silencio a nosotros nos aturdían bombos y cacerolas al compás del siglo XIX.
A veces duele la ardorosa sensación de que nuestra sociedad atrasa a la velocidad del tren bala.
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